sábado, 13 de enero de 2018

Motivos del Revisionismo y del Antirrevisionismo Históricos.

Por: Pedro de Paoli

Conferencia pronunciada en Mendoza el 6 junio 1959.

      Es en nuestros días que, por primera vez se plantea en nuestro país la cuestión histórica. Con anterioridad solamente se planteó la cuestión de algunos hechos históricos, pero tratados empíricamente, desde su importancia como episodios, y dentro de los  límites puramente formales y estrechos de la crónica.

      Jamás se fue al contenido de los hechos históricos, como tampoco se los trató en su conjunto como raíz de un pueblo nuevo y como causa de un acontecer que se proyectaba hacia el futuro obedeciendo al sino de un momento histórico dado, y al que ninguna fuerza era capaz de detener. Donde había una fuerza inmaterial que daba nacimiento a un nuevo acontecimiento histórico, como ocurrió con el nacimiento de Babilonia, Grecia, Roma, la Edad media, o el Renacimiento, nuestros historiadores sólo vieron tal o cual hecho, o episodio, provocado por la voluntad personal de aquel o éste personaje civil o militar. Y lejos de ser capaces de penetrar en los designios del sino histórico de los pueblos, de las razas o de las culturas, desde el punto de vista filosófico o teológico, hasta fueron incapaces de unir al estudio de esos hechos históricos, las ciencias indispensables a tales estudios: cuales son la etnografía, la economía, la filosofía la arqueología, la sociología… Y es que de todos nuestros llamados historiadores ninguno fue filósofo, ni economista, ni político. Los unos fueron periodistas y los otros militares. No se cultivaba, entonces, en nuestro país ni la ciencia histórica ni el método histórico. De ahí que quienes pretendieron ser historiadores quedaron en meros cronistas. Por eso nosotros no tenemos una Historia Argentina, sino que solamente tenemos una crónica de los hechos históricos de la Argentina.

      Sarmiento intentó en el ‘Facundo’ realizar un estudio histórico, dentro de los lineamientos y del sentido real y profundo de esta ciencia, de acuerdo con los conocimientos de su época. Su falta de cultura, de entonces, y su pasionismo, se lo impidieron. Por eso dice el Dr, Alfredo L. Palacios que “Facundo no es libro de historia, ni es tampoco un libro de sociología”, y por eso don Valentín Alsina le reprocha a Sarmiento, en las notas críticas que escribió sobre  ‘Facundo’: “Ud, es propenso a los sistemas (quiere decir con esa palabra, preconceptos, que se tiene una idea preconcebida del asunto que se va a tratar), Ud. es propenso a los sistemas, y éstos, en las ciencias sociales como en la naturales, no son el mejor medio de arribar al descubrimiento de la verdad, ni al recto examen, ni a la veraz exposición de ella. Desde que el espíritu está ocupado de una idea anterior, y se proponga hacerla triunfar en la demostración, se expone a equivocaciones notables, sin percibirlo”.

      Con ese pasionismo y esos ‘sistemas’, al decir de don Valentín Alsina, o preconceptos, nacen nuestros libros de historia argentina, en los que hemos estudiado siendo niños y jóvenes, y con los que hemos enseñado luego siendo maestros. Y así se formó nuestro concepto histórico del pasado argentino con libros escritos por cronistas cuyo interés principal fue el de defender al padre que fue actor de importancia en algunos hechos históricos, a la propia familia que se hizo de éstos o aquellos bienes; al Partido en que el historiador militó, o para defender al historiador mismo de hechos que él realizó y que necesito explicar y justificar ante sus contemporáneos y aun ante la posteridad.

      Historia escrita por los triunfadores de uno de los dos bandos en luchas, está viciada por ese ‘sistema’ que menciona don Valentín Alsina y por la falta de cultura histórica de quienes se erigieron en nuestros historiadores.

      Era, pues, natural que, con el tiempo llegase una generación que, penetrando  resueltamente por la angosta puerta de los archivos históricos, tomara de los estantes los legajos amarillentos, y pacientemente se pusiese a leer y releer documentos históricos sobre éste o aquel hecho, sobre éste o aquel personaje. Y ha ocurrido lo que era inevitable que ocurriese; Se descubrieron los ‘sistemas’ con que fue escrita nuestra pretendida historia argentina. Y esta generación, que es la actual, con los documentos en la mano, salió a la calle y comenzó a gritar la verdad de este o aquel hecho histórico, sobre este o aquel personaje de nuestra historia. Y tal hecho y tal personaje comenzaron a cambiar de fisonomía, a cambiar de alma; algunos para bien, otros para mal de ellos mismos.

      Si la historia fuese una ciencia, como lo es en realidad, como las matemáticas o la botánica, o la medicina, aceptando por un instante como ciencia el arte de curar, no hubiera ocurrido nada, nadie se hubiese alarmado, y nadie hubiera sido combatido ni perseguido por ello. Porque ¿qué importa si mañana se descubre una mejor manera de resolver un teorema, o si tal planta en lugar de ser de una especie, resulta que es de otra, o si la bronconeumonía se cura mejor con este medicamento que con aquel? Desde el punto de vista de la especulación científica, todo ello da lugar a que se aplauda, porque nadie se perjudica en sus intereses, ni morales ni materiales.

      Si la historia, incluso la argentina, fuese tratada como debiera tratarse, esto es, puramente como una ciencia, cuando se llegara a transformar un concepto dándole una forma o un sentido diferente a los que tenía anteriormente, nadie se alarmaría,  nadie se  violentaría,  y nadie sería combatido ni perseguido, ni calumniado por eso. Más aun, cuando vemos de pronto que personajes de la historia de otro país, como Catilina, por ejemplo, que siempre fue tenido por un corrompido y mal ciudadano, resulta que no es así; cuando a un hombre como Junio Bruto, a quien se tuvo por el repúblico puro por excelencia, y se descubre luego, que era un tartufo oligarcón y que la muerte de Julio César, de la que fue responsable en primer término, fue un crimen de lesa patria; cuando se sostiene y se prueba que Cicerón, el gran Cicerón con su verba incomparable, más que de patriota tenía de demagogo y simulador; nadie, absolutamente nadie, se enoja, ni se llena de odio, y a quienes sostienen tal transformación de conceptos históricos, no se los persigue ni aquí, ni en ninguna parte. Pero en cambio, ¡guay! de quien aquí, entre nosotros, sale un día a la calle con un documento insospechado e irrefutable en la mano, y dice: tal hecho que se creía que era así, es de esta otra manera, o tal personaje que se ha sostenido siempre que era tal, resulta ahora que es cual. ¡Guay! de él.

      ¿Cuál es el motivo? ¿Por qué ocurre esto? ¿Por qué a nosotros que sostenemos lo que se ha dado en llamar el ‘revisionismo histórico’ se nos combate tanto, y se nos persigue sin tregua? En otras palabras: ¿por qué está condenado a muerte el ‘revisionismo histórico’?

      ¿Cuáles son los motivos del ‘revisionismo y del antirrevisionismo históricos? He aquí la cuestión.

      La historia y sus hechos están íntimamente ligados a la política del pueblo respectivo. No hay hecho histórico sin intereses, causas y motivos políticos. No hay motivos políticos sin intereses económicos. La política y la economía son partes integrantes de la Historia. Los intereses de una clase social, de un grupo, y hasta de un individuo o de una familia, están íntimamente ligados a la política del  país. Escribir la historia de un país es escribir los hechos políticos de ese país, o dicho más concretamente, no se puede escribir la historia de un país, sin exponer como fue la política de ese país en ese mismo período histórico. Y exponer en una historia como fue la política de ese país, en tal tiempo o época, es describir como se defendieron los intereses de las diferentes clases sociales, familias, castas, instituciones o individuos. De cómo se escriba la historia resultan patriotas o antipatriotas, morales o inmorales, santos o protervos, próceres o delincuentes, ésta o aquella clase social, este o aquel partido político, esta o aquella institución, estas o aquellas familias, este o aquel personaje.

      Si la historia de Florencia del 1200 al 1300 la escriben los güelfos, ¡Dios guarde a los gibelinos de cómo salen de ella!, y si la escriben los gibelinos ¡Dios guarde como salen los güelfos! Se voltean unas estatuas y se levantan otras; se cambian los nombres de las calles, las plazas se denominan de otra manera y Dante es o no desterrado.

      Nuestra historia fue escrita ayer nomás, por hombres de un mismo partido político y miembros de una misma sociedad internacional secreta. Eran hombres que, aunque pudieran tener esporádicamente algunas divergencias políticas, defendían los mismos intereses morales y materiales, y pertenecían a una misma corriente ideológica. Ellos, con sus historiadores, dieron certificado de buena conducta y patente de próceres a hombres y partidos, y marcaron de antipatriotas y bandidos a otros hombres y partidos. Cambiar los conceptos históricos por ellos establecidos, es cambiar las calificaciones que ellos hicieron, y los afectados en sus intereses morales o materiales, o en su partido político, en su sociedad secreta, o en sus nombres, salen en defensa de lo suyo armados de cualquier arma, con tal que sea ofensiva.

      Al cambiar los conceptos históricos que figuran en los libros que se estudian en escuelas y universidades, surgen a la superficie los intereses materiales que fueron los motores de la política movida por los próceres de nuestra pretendida historia. Y este es el punto gordiano de la cuestión. Señalar como se urdieron y quienes se beneficiaron con esa política es dar nacimiento a lo que se ha dado en llamar “revisionismo histórico”;  mantener como verdad inconcusa, eterna e inconmovible, los conceptos establecidos por nuestros historiadores clásicos, es colocarse dentro del “antirrevisionismo histórico”.

      ¿Cuáles eran los intereses que con tanto afán ponen los enemigos del “revisionismo histórico” en que no se hurguen? ¿De qué clase eran tales intereses? ¿Qué relación tenían con el destino de la patria, con la libertad absoluta de la patria, con la grandeza de la patria, esos intereses que el “revisionismo histórico “quiere exponer a la luz del día?

      Largo, larguísimo sería exponer el tema en toda su integridad. Habría que arrancar desde antes de mayo de 1810. Habría que introducirse por la maraña de los acontecimientos antes del alborear histórico; de los que ocurrieron cuando la patria advino; cuando ocurrieron los de la época de Rivadavia, de los caudillos, de Rosas. Pero como nuestra historia fue escrita  después de la caída del gobierno de Rosas, arrancaré desde entonces, haciendo una leve referencia a los acontecimientos anteriores de esa época: Rosas cae ante el embate de un ejército internacional formado por tropas argentinas, uruguayas y brasileñas. Los emigrados, a cuyo frente están Mitre, Alsina, Mármol, Sarmiento, los Varela… días antes de la batalla de Pavón, en la logia de Rosario, como he expuesto en mi libro: “Los motivos del Martín Fierro en la vida de José Hernandez”, eliminan a Urquiza, Buenos Aires sienta su hegemonía, y militares uruguayos al servicio de Mitre, aplastan a sangre y fuego todas resistencia sed las provincias. Es la época en que ocurre el asesinato alevoso de ‘El Chacho’. Y sometido, desarmado y vencido, el país queda a merced del grupo dirigente del Partido Unitario, llamado ahora el Partido de la Ilustración, el Partido Liberal.

      Tendido de norte a sur está el suelo patrio cuajado de riquezas sin explotar. Campos ubérrimos, riquísimos; llanuras inmensas y fértiles; bosque tupidos de maderas industriales; ríos, cascadas, montañas, rodeos de vacas y de yeguarizo de miles de cabezas que no tienen dueño; minas de mineral riquísimo, todo, todo está allí, al alcance de la mano, esperando la mano del hombre, que, empuñando la herramienta de trabajo, abra los cauces de esa riqueza y prodúzcale asombro del mundo. Y todo es nuestro; la previsión maravillosa de España inmortal hizo que ni nación extranjera, ni persona extranjera, ni compañía extranjera se apoderada de nada de esta tierra. Más aún, casi todo eso, casi toda esa riqueza, más que nuestra es fiscal, es del gobierno, y éste puede, con tanto prodigio hacer la grandeza patria y la felicidad y bienestar de sus hijos.  Ya lo dice entonces Sarmiento al leer su mensaje presidencial al Congreso el año 1869: “Tierra de sobra e inmigración abundante tenemos nosotros, y sólo inteligencia, previsión, virtudes nos faltarán, si iguales causas no produjesen, en este extremo sur, iguales efectos que en el norte” (Estados Unidos).

      Evidentemente la política argentina de entonces no produjo aquí los resultados que allá produjo la política de Washington, Franklin, Lincoln, etc. Ateniéndonos a las palabras mismas de Sarmiento, tanto a éste como a los otros gobernantes de su tiempo les faltó inteligencia, previsión y virtudes.

      De los dos partidos en lucha, el Federal y el Unitario, uno miraba hacia adentro del país; el otro hacia fuera. El uno, el Federal, sentía la madre tierra, vivía con el espíritu tradicional de la Madre España, alimentaba su alma con la fe en la religión católica apostólica romana, y fincaba el porvenir de la patria, en la inteligencia, laboriosidad y virtudes de sus hijos y en los frutos que dieran las riquezas naturales del país, dirigidas por los mismos argentinos: por eso, cuando el gobernador de Buenos Aires, doctor Dardo Rocha comisiona al senador provincial don José Hernández, autor del Martín Fierra, que era federal, a que viaje a Europa y Australia para que aprenda allá los métodos de cultivo agrícola y de explotación ganadera para aplicarlos luego en la Argentina, Hernandez se niega a ir porque sostiene, que la tierra argentina y la ganadería argentina necesitan métodos argentinos y que éstos, que ya existían, eran para nosotros superiores a los de Australia y de Europa. En el Partido Federal, en los hombres Federales, había un sentir tradicional y católico en lo que a la moral y las costumbres se refiere, y en lo que atañe a la patria y a la política, había un sentido nacionalista, en el buen sentido de la palabra.

      El Partido Federal no era retrógrado ni reaccionario, ni obscurantista. Por el contrario, era progresista, pero así como combatía la política centralizadora de la hegemonía de Buenos Aires contra las Provincias, sostenía que nuestro país no debía convertirse en colonia inglesa ni norteamericana, y que el progreso del país, el resurgimiento de sus industrias y de adelantos, debía ser obra de los argentinos mismos, y que el país tenía elementos necesarios: riquezas naturales y hombres para ello. Y de que en caso de necesitar hombres con conocimientos técnicos, porque aquí faltasen, más que traerlos de Europa y hacerlos dueños de nuestras riquezas, convenía enviar argentinos a estudiar en Europa para que allá adquiriesen esos conocimientos técnicos. En una palabra: no entregar las fuentes de nuestras riquezas naturales, porque eso era entregar la patria misma al dominio extranjero que siempre es un dominio imperialista, y convierte a los países dominados por él, en colonias. Era hacer, en parte, lo que estaba haciendo en el Paraguay, esa gran figura americana tan calumniada, la figura del Mariscal Francisco Solano López, quien enviaba jóvenes estudiantes paraguayos a las universidades de Europa, costeados todos los gastos por cuenta del gobierno paraguayo, para que el Paraguay tuviese en manos paraguayas todas las riquezas naturales, sin desdeñar, como Solano López no desdeñaba, la colaboración de técnicos extranjeros, pero no como dueños, no como directores de empresas imperialistas extranjeras, sino como simples empleados a sueldo del gobierno paraguayo. Por eso el gran Paraguay de Solano López, creo no equivocarme al decir que tuvo ferrocarriles antes que nosotros, altos hornos antes que nosotros, telégrafos antes que nosotros, y marina propia que surcaba todos los mares del mundo con la bandera nacional al tope, cien años antes  que nosotros. Era el fruto, no de una política dictatorial, como se ha pretendido sostener, sino de una sana y patriótica política nacionalista que a nosotros siempre nos faltó.

      El otro partido, el Partido Unitario, que luego se lo designó con muchos nombres: Partido Liberal, Partido de la Ilustración, de las luces, de la civilización, constitucional, autonomista, cocido, pandillero y otros más, dirigido por hombres, los más de los cuales llenan nuestras plazas con sus estatuas, las calles y los ferrocarriles con sus nombres, veían el problema del porvenir del país de manera opuesta. Para ellos la Argentina no tenía los elementos suficientes para dirigir los trabajos de resurgimiento del progreso. Más que de las virtudes y la inteligencia de los hombres argentinos, el progreso del país dependía del capital, del dinero que según ellos, en el país no existía en cantidad suficiente. El capital extranjero, la técnica extranjera y el sentir extranjero, eran los únicos elementos capaces de realizar el progreso del país.

      Viajaban frecuentemente a Europa, y algunos a Estados Unidos, aspiración suprema de todos ellos, y de allá venían imbuidos y sugestionados por el sentir europeo o norteamericano.

      Si de paso, o por casualidad, visitaban España era para proclamar luego, a los cuatro vientos, el atraso de España, el reaccionarismo de España, el obscurantismo de España, sirviendo todo ello para  lamentar en todos los tonos la desgracia que habíamos tenido, y seguíamos teniendo, de que España nos hubiese descubierto, conquistado y colonizado, haciendo recaer en ellos todos nuestros males. Y como corolario, comparar a nuestro país con Estados unidos, sacando conclusión de que Estados Unidos era progresista, nada más que porque había sido colonizada con métodos ingleses, métodos protestantes, métodos cuáqueros, puritanos. Y ya que estoy hablando de ello, permítaseme observar que ninguno de  los hombres, que tanto alabaron esos métodos y vituperaron los de España, no nos dijeron nunca en qué consistían esos métodos de colonización protestantes, cuáqueros puritanos. Y como esos métodos eran un tanto ‘originales’ y contrarios a nuestro sentir cristiano y católico, voy a referirme en un breve paréntesis a ellos: Entre las distintas obras de autores norteamericanos que tratan de los métodos de colonización que allá emplearon, tomo el libro: “El Desarrollo de las ideas en EE. Unidos” de Vernon Louis Parrington. En el tomo primero dice al respecto: “Después de los escocio-irlandeses, que en mayor parte eran labriegos libres, la clase más importante que vino a agregarse a la población norteamericana, fue la de los trabajadores escriturados, (obligados por contrato a servir a un amo, quien tenía el derecho de traspasarlos a  terceros, o sea, en realidad, a venderlos: eran de hecho esclavos). Casi todos eran ingleses, escoceses, irlandeses y alemanes, y entre ellos se contaban trabajadores de todos los oficios y de algunas profesiones. En aquellos tiempos los traficantes de gente estaban bien organizados y tenían un comercio activo, bastante provechoso, y de continuo enviaban a América multitud de trabajadores escriturados que venían a mover las ruedas de la industria colonial". En su historia de los redencionistas alemanes (emigrantes que, en pago de pasaje se obligaban a servir durante un tiempo especificado), el autor Diffenderfer, reproduce varios anuncios curiosos que arrojan luz sobre este tráfico. He aquí dos de ellos:

      Del American Weekly Mercury, del 18 de febrero de 1729: “Llegada recientemente de Londres una partida de trabajadores muy prometedores, hombres y mujeres; algunos de  los hombres son menestrales. Se venden a precios módicos y a plazos. Entenderse con Charles Read, de Filadelfia, o con el capitán John Ball a bordo de su barco, en el muelle de Anthony Millkimson”.

      Del mismo periódico, 22 de mayo de 1729, anuncios de dos barcos: “Acaba de llegar de Escocia una partida de trabajadores escoceses escogidos: sastres, tejedores, zapateros y labradores, algunos alquilados por cinco y otros por siete años. Importados por James Coults”.

      “Acaba de llegar de Londres en el barco Providence, del capitán Jonathan Clarke, una partida de trabajadores muy prometedores, casi todos menestrales, que se venden según condiciones razonables”.

      Tales eran los métodos de colonización de los protestantes, cuáqueros, puritanos, etc., ingleses que tanto alaban los escritores unitarios. Compraban y vendían a sus propios hermanos de raza, de religión y de patria. Han sido, sin duda métodos muy eficaces para la colonización de Estados Unidos, pero a pesar de ello, nosotros seguimos prefiriendo los que aquí, en Sud América, utilizó la atrasada y reaccionaria España, a cuyo espíritu y a cuya alma católica, apostólica romana, repugnaba la compra y venta de hermanos de la propia fe, de la propia raza, y de la propia patria, aunque ello diera mucho dinero y mucho progreso.

      Imbuidos  y sugestionados por el sentir europeo, los hombres del partido liberal desecharon para el primer plano, o plano superior, todo lo autóctono, lo argentino. Desde las locomotoras hasta los zapatos y desde los cueros hasta los alimentos, todo era superior si era europeo excluido, desde luego, los español, considerada España rémora de Europa.  El hombre mismo, como ser biológico, era superior si era europeo. Para lo único que tenía capacidad el argentino, era para la política, porque era manejada por ellos mismos. Así fue creándose en nosotros el complejo de inferioridad de lo argentino frente a lo europeo o norteamericano, desde los hombres hasta las cosas.

      Así se introdujeron las teorías y las doctrinas sociales y económicas extranjeras, sin modificarse en cuanto a las características y exigencias argentinas; así se dio a empresas imperialistas extranjeras el dominio absoluto de las principales fuentes de riqueza y de servicios públicos nuestros; así se vilipendió la memoria de gobernantes, de militares, de intelectuales del bando contrario, y así se llegó a pintar al gaucho, el arquetipo de la nacionalidad, como el representante de la barbarie, sentándose como axioma  el enunciado de “civilización o barbarie”, civilización la ciudad y barbarie el campo.

      Al conjuro de su propia riqueza, el país comenzó a dar sus frutos prodigiosos apenas la técnica imperialista movió sus tornillos, que al mismo tiempo eran torniquetes para la independencia patria. Bien pronto se estuvo en presencia de un constante y maravilloso afluir de producción riquísima: cereales, carnes, maderas, minerales. Pero todo ya estaba supeditado al determinar de las empresas extranjeras. Y las órdenes para que reprodujera esto o aquello, en más o menos cantidad, no partían de argentinos ni de ninguna ciudad argentina; esas órdenes partía de Londres y las daban hombres extranjeros.

      Ante la presencia de tanta riqueza que debía explotarse activamente, la intelectualidad liberal, dueña de la Universidad, no le dio a esta ni la forma ni el contenido que esa riqueza a explotarse activamente exigía; la Universidad argentina mantuvo su estructura colonial y se dio a la exclusiva tarea de formar médicos y abogados, porque los médicos y los abogados, como profesionales, no eran ni un peligro ni una competencia frente a las compañías imperialistas extranjeras. No se formaron los técnicos que las nacientes industrias reclamaban a gritos. No, los técnicos venían de  Europa, sobre todo de Inglaterra.  La Universidad argentina no formaba  ingenieros, no formaba agrónomos, no formaban químicos industriales, en lo que se refiere a las Facultades de Ciencias Sociales y Políticas, no se hablaba de la relación estrecha que existe entre la independencia política y la independencia económica. Los más de los textos eran extranjeros, seleccionados cuidadosamente, no ser cosa que despertaran en los argentinos el espíritu de construcción de la nacionalidad.

      Si, la Universidad estuvo durante un siglo en retardo con respecto a las necesidades y exigencias de la explotación de las riquezas naturales del país, base indispensable de su independencia económica y política. Y era que la Universidad, como todo el país, estaba en manos de esos hombres intelectuales que tenían la mirada fija en Europa, hombres enemigos del Partido que miraba hacia la tierra argentina, que sentía la tierra argentina y que tenía fe en la tierra argentina, y en el patriotismo, las virtudes y la inteligencia de los hombres argentinos para realizar el progreso de la nación argentina.

      La Universidad estuvo en retardo con respecto a las  exigencias y necesidades  del progreso y la liberación económica y política argentina: había que abrir caminos, que construir puentes, que hacer diques, que instalar ferrocarriles, que construir barcos,  que explotar la agricultura y la ganadería. Para ello era indispensable técnicos argentinos. No los hizo la Universidad argentina en su hora; recién ahora, bajo el signo de nuestra Revolución del 4 de junio, a la que pertenecemos de alma desde la primera hora, la Universidad argentina se está ajustando al reclamo imperioso de la patria.

      Cuando nosotros, “revisionistas de la historia”, queremos hurgar, queremos rastrear, queremos indagar que ha ocurrido con todo esto, es cuando los antirrevisionistas de la historia  claman desesperadamente que la historias Argentina es una cosa inmutable, intocable, irrevisable, y que sus hombres y sus hechos ya han sido definitivamente  juzgados. Entonces viene, no el embate de las ideas, las luchas de la inteligencia, que son tan subyugantes y tan hermosas, sino la persecución, la calumnia, y el reducir al revisionista de la historia por hambre, privándolo del empleo público. Eso hace un siglo que ocurre, en contra del derecho de la libertad de la investigación histórica.

      Los motivos del revisionismo y del antirrevisionismo histórico no fincan, pues, exclusivamente en tal o cual hecho aislado de nuestra historia. Al hablar de revisionismo y antirrevisionismo históricos, no se trata de sostener o negar si el fusilamiento de la pobre Camila O`Gorman fue o no un crimen (que lo fue sin duda alguna), que si el apuñalamiento y mutilación de ‘El  Chacho’ fue o no un crimen horrendo (que también lo fue sin ninguna clase de dudas). El revisionismo histórico no tiene como fin exclusivo ni ha nacido expresamente para reivindicar a Rosas, como parecen entenderlo no pocas personas, ni para arrojar alquitrán a las estatuas de Sarmiento, como el antirrevisionismo histórico no ha nacido exclusivamente para gritar que Rosas era un tirano, que Sarmiento era el hombre más veraz y  más civilizador del país, que ‘El Chacho’ era un bandido y que si San Martín donó su sable a Rosas, fue simplemente para hacer una gracia o por error. No, el revisionismo histórico y el antirrevisionismo histórico tienen otros motivos: el uno lucha por quitar de nuestra patria  hasta el último vestigio de colonia de éste o de aquel imperialismo; por quebrar el complejo de inferioridad de lo argentino frente a lo foráneo, por ser fiel a las fuerzas telúricas que nos dictan su afinidad  con la tierra madre; por ser fieles a nuestra tradición criolla y a nuestra religión católica, apostólica, romana, por realizar la independencia económica y política integralmente, por revisar la historia argentina a la luz de una documentación insospechable, llevando a hombres y a hechos a su verdadero lugar, por seguir, de acuerdo con nuestra tradición, proclamando la soberanía de lo espiritual frente a lo material…

      El antirrevisionismo histórico parte de otros principios, tiene otras concepciones filosóficas, políticas e históricas. A partir de la Reforma –de Alemania- dos corrientes se abren paso en el mundo trabadas en lucha tenaz y a muerte. Son leves transformaciones de las dos mismas fuerzas que luchan desde los tiempos bíblicos; la carne y el espíritu; la materia y el espíritu; el cuerpo y el alma; la vida corporal como simple tránsito por la tierra, y la vida como principio y fin; la idea de una sola vida, la de la tierra; el principio de que todos somos hermanos por el vínculo divino, y que por lo tanto, nos debemos ayuda mutua, y el principio de que somos simples hijos de la materia y por lo tanto somos entes materiales sin vinculación de unos con otros, y como lógica consecuencia, con libertad de que un hombre pueda explotar a otro hombre, sancionando con fuerza legal y moral, el enunciado de que el hombre es el lobo del hombre.

      Esas dos fuerzas que vienen luchando desde los albores mismos de la Humanidad, y que en el transcurso del tiempo han adoptado diferentes nombres, que se han ramificado en distintas corrientes, que han adquirido diferentes formas son las que animan la una, el revisionismo histórico; la otra, al antirrevisionismo histórico.

      De las formas simplemente espirituales, que en algunas etapas distinguen a esas corrientes, en  el Renacimiento llegan a saturar el intelecto y a plasmarse en el arte. Manifestaciones de esas dos corrientes son las maravillosas creaciones artísticas de Leonardo, Miguel Ángel, de Rafael. Ellas son exclusivamente fuerzas del espíritu que se manifiestan a la faz del mundo como una réplica a la Reforma, y como una continuación de la exaltación del espíritu, que las catedrales góticas de la Edad Media representan con caracteres eternos. En la infraestructura del Renacimiento, explotan las expresiones de la Reforma, que durante un siglo habían estado acumulando potencialidad. Y esas explosiones, como la Reforma misma, no son expresiones puramente teológicas, ni tampoco se trata de una simple interpretación libre de los versículos bíblicos desde el punto de vista religioso, sino que es toda una concepción de un  mundo distinto al que imperaba y se sentía  hasta entonces.

      Esas dos corrientes, la una espiritual y tradicional; la otra reformista y materialista, se abren cauce a través del tiempo, y mientras la una predicando el vínculo divino del hombre con Dios y de la prolongación de la vida mediante la inmortalidad del alma, la otra llenando de orgullo el corazón del hombre, da nacimiento a una filosofía negadora y pesimista que va demoliendo las fuerzas espirituales del hombre, destruyendo la poesía encantadora de la Creación y reduce al ser a un simple animal con un poco más de raciocinio que una simple bestia.

      De esta lucha cruenta, de esas teorías negadoras, nació la burguesía del siglo XIX, que muy pronto sentó la hegemonía de la máquina frente al hombre, y redujo a éste aun simple engranaje. Necesidad imperiosa de esa concepción burguesa y maquinista, comercial y fabril, fue su expansión más allá de las fronteras nacionales.  Esa expansión necesitó la protección de su respectivo gobierno, de sus leyes,  su diplomacia y sus fuerzas armadas. Esa expansión es la que conocemos con el nombre de Imperialismo, origen, causa y motivos de los mayores males que viene sufriendo la Humanidad desde hace siglos.

     Esa fuerza imperialista llegó a nuestras playas y ocupó la ciudad de Buenos Aires el año 1806. Rechazada, volvió a insistir, y vuelta a ser rechazada, aguardó mejor oportunidad.

      Fue con la caída del gobierno de Rosas que la oportunidad se le ofreció, pero no ya en forma de invasión armada, sino en la forma simulada del aporte de capitales para el fomento de las industrias. Esa fuerza que nos invadió después del gobierno de Rosas, fue traída de la mano de argentinos ilustres; los que sucedieron en el mando del país al general Rosas, los famosos prohombres de la oligarquía ilustrada del 60, del 70 y del 80.

      El fuerte espíritu nacionalista de las masas y de los intelectuales federales argentinos, era necesario abatirlo por medio de doctrinas contrarias, porque ese fuerte espíritu nacionalista se hubiese resistido y hubiese rechazado nuevamente la invasión extranjera (como los rechazó durante el gobierno de Rosas cuando se presentaron coaligadas las dos naciones imperialistas más fuertes del mundo: Inglaterra y Francia), no porque fuese contrario al progreso ni a los extranjeros, sino porque no hubiese admitido a éstos como patrones, como dominadores, como fuerza imperialista subyugadora y corrupta.

      Los hombres del partido liberal –durante el gobierno de Rosas- ya estaban de acuerdo con los imperialistas ingleses, y antes aún, cada vez que las fuerzas federales estaban en la inminencia de apoderarse del gobierno del país, los prohombres unitarios clamaban protección a Inglaterra o a Francia, aun entregando la nacionalidad misma, porque para ellos sus intereses  particulares o de clase, estaban por encima de la patria misma. Así lo prueba la siguiente carta, que en 1814, escribe el Director Supremo, Carlos María de Alvear al Ministro de Negocios Extranjeros de Inglaterra, y dice  así: “Estas provincias  desean pertenecer a la Gran Bretaña, recibir sus leyes, obedecer su gobierno y vivir bajo su influjo poderoso. Ellas se abandonan sin condición alguna a la buena fe del pueblo inglés, y estoy resuelto a sostener tan justa solicitud para liberarlas de los males que las afligen. Es necesario que aprovechen los momentos; que vengan tropas que impongan a los genios díscolos, y  un Jefe plenamente autorizado que empiece a dar al país las formas que sean de su beneplácito, del Rey y de la Nación, a cuyos efectos espero que V.E., me dará sus avisos con la reserva y prontitud que conviene, para preparar oportunamente la ejecución”.

      Tal prueba  de la traición a la patria ante las perspectivas que las fuerzas federales se adueñaran del poder.

      Los viajes que frecuentemente se hacían a Inglaterra, no tenían otro objeto que procurarse los medios para aplastar el espíritu de nacionalidad y de federalismo argentinos. Así fueron los viajes de Valentín Alsina y así los tan mentados y prolongados de Bernardino Rivadavia, el más famoso de los cuales, fue exclusivamente para informar a la Compañía Inglesa de Minas, a la que debía entregársele las famosas minas de Famatina, en  La Rioja, Compañía de la que Rivadavia mismo era accionista y comisionista.

      Esa intentona de entregar el mineral argentino a una empresa imperialista inglesa, fue el origen y la causa de la Constitución Unitaria de 1824, y la que encendió la guerra entre federales y unitarios que duró medio siglo.

      Durante el gobierno de Rosas se perdieron las perspectivas de dominar el país, ya con fuerzas militares, ya con fuerzas imperialistas. Pero los proscriptos, en Montevideo y en Chile, por sus ligazones con el imperialismo inglés, tenían la esperanza de dominar el país apenas Rosas cayera. Los diarios que escribían entonces, los convenios de la Comisión Argentina en Montevideo, y los viajes de Florencio Varela a Inglaterra lo prueban acabadamente.

      No es pura casualidad que todos los proscriptos fuesen masones, ya que Rosas jamás entabló una lucha directa y particular contra la masonería. Es que la masonería inglesa y la francesa eran las que financiaban las campañas contra Rosas, ya con fondos propios, ya con los de esos dos gobiernos que estaban en manos de la masonería. Allí, en las logias de Santiago y de Montevideo, se establecieron los compromisos para cuando Rosas cayera.

      Así nuestro país cayó en manos de la dominación imperialista inglesa. Los historiadores unitarios que fueron los que escribieron nuestra historia, tenían que ocultar estos hechos, y escribieron una historia argentina donde todo ello está oculto.

      Por eso la oligarquía ilustrada que gobernó el país  desde la caída de Rosas hasta nuestra Revolución del 4 de junio (y hago caso omiso de los gobiernos radicales, porque el Partido Radical, que fue en un principio continuación directa y fiel  del Partido federal, constituido y dirigido por hijos de rosistas distinguidos, como Leandro N. Alem, Hipólito Irigoyen y Aristóbulo del Valle, cuando llegó al poder ya estaba dominado por  la oligarquía conservadora), por eso, repito, la oligarquía ilustrada que gobernó el país, desde la caída de Rosas hasta la Revolución del 4 de junio de 1943, tuvo especial  interés en dominar totalmente todo cuanto se relacionara con la cultura: las universidades, las escuelas, el periodismo y la literatura. Por eso tuvo mucho cuidado en escribir la historia argentina e imponerla dictatorialmente en universidades y escuelas. Por eso fabricó próceres caprichosamente y llenó el país con sus estatuas y las plazas y calles con sus nombres. Por eso vilipendió a otras figuras históricas, dignas y patrióticas, las  que están  proscriptas injustamente ante la consideración  pública.  Por eso procuró, y lo consiguió en gran parte, cambiar el alma nacional, borrar cuanto de España y de latinos tenemos, cuanto de espiritual sentimos, cuanto de tradición vivimos. Por eso procuró cambiar nuestro espíritu nacional por otra internacional, y por eso ha procurado apagar la llama católica de nuestra fe, por la nada fría y despiadada del incredulidad.

      Allí está el antirrevisionismo histórico, allí sus motivos y sus causas.

      Nunca como en la actualidad estas dos corrientes han estado empeñadas en una lucha decisiva. No sólo en nuestro país, sino en el mundo entero estas dos fuerzas se aperciben para una decisión que puede ser para muchos siglos. Es una lucha en un aspecto que nunca tuvo: no ya la de dominar un mercado, la de apropiarse de una provincia o región, sino la de apropiarse del hombre, del espíritu del hombre. Ya no interesan solamente los mercados, las regiones, ni aún las naciones: interesa el hombre en su espíritu.  Ahora se pretende que el hombre sea prisionero en su espíritu de la pequeña oligarquía que desde un gobierno subyugará a todo el mundo. Es una lucha total, ya que el hombre es la representación de todas las cosas y del universo mismo. Prisionero el espíritu del hombre, ¿qué queda de la vida del hombre? Establecidas, desde el gobierno las reglas y las formas del arte ¿qué queda del espíritu creador del hombre? Muchedumbre inmensa que se agita, lucha, sufre, goza, espera, canta y llora, la Humanidad, en el transcurso del tiempo, siempre oteó una meta en el remoto horizonte donde depositar su esperanza.

      En las épocas más oscuras por las que los pueblos pasaron, siempre hubo en el espíritu del hombre una llama encendida que se comunicaba con Dios, que se alimentaba de fe, que vibraba de emoción ante el encanto de la naturaleza y del universo, fulgurando en el brillo portentoso de las estrellas, y que un día, en un instante de inspiración, dio una fórmula, enunció un aforismo, concibió una ley, creó una fórmula bella, todo lo que sirvió para alumbrar a la Humanidad en el camino de la perfección.

      Esa llama es el alma de los espíritus libres, abiertos a la inspiración de Dios y a la consideración de los hombres de bien. Si las fuerzas del mal triunfan ¿Qué será del espíritu del hombre?

      Así nuestra época es decisiva, ¿qué es lo que peligra? El hombre en su espíritu ¿qué es lo que tiene mayor importancia? El espíritu del hombre. Y la lucha actual es contra el espíritu del hombre.

      Revisionismo de la historia y antirrevisionismo de la historia. Ambos conceptos no tienen un motivo simplista, no se agitan por rever un simple episodio de la historia patria. Más hacia el fondo de la cuestión, hay un motivo que es primordial: se trata de estar de parte del espíritu del hombre en amplia libertad, o de estar por el aprisionamiento del espíritu del hombre para reducirlo a la esclavitud.

      Ante ese dilema hay que tomar posición de combate. Nosotros, luchamos desde abajo, desde el llano. Se nos persigue, se nos calumnia, y se nos excluye de los cargos públicos, pero en medio de tal persecución, mejor dicho, cuando la persecución es mayor, sentimos que el espíritu es más libre, es más grande y es más luminoso. Y como creemos que nosotros no somos el cuerpo físico, sino el espíritu,  nos sentimos, en persona, más libres y más luminosos.

      Si la lucha ahora es recia, sabemos que no ha de tardar en ser más recia aún. Pero vencedores o vencidos, ningún poder humano podrá ser capaz de hacer que cese el encanto maravilloso del cosmos, que las estrellas dejen de encantarnos con su brillo portentoso, que las plantas den sus flores cuyos colores y  cuyo aroma embelezan el espíritu del mundo; que la brisa susurre entre las ramas, que los pájaros nos maravillen con sus trinos, y que el cielo sea azul., azul maravilloso como el alma del artista. Y mientras ello permanezca inmutable, el hombre ha de sugestionarse siempre con el encanto de tanta maravilla, y su espíritu lo llenará de esperanza, de fe, de luz, de divino aliento de Dios. Y seguirá siendo el hombre en espíritu, aunque prisionero, hasta el día en que alboreará de nuevo en su alma. En su aurora de liberación, la Humanidad seguirá su curso como durante el desarrollo de otras culturas, y la historia registrará un acontecimiento más.

      Mientras, nosotros que somos testigos y actores, aunque modestos, en la lucha de hoy, llenémonos de fe en el porvenir, y libres de toda traba, sugestionados por el encanto de la lucha, y algo poetas, dejemos que nuestra alma vibre, que se eleve, que espere y crea, que vuele y cante.+  



sábado, 9 de diciembre de 2017

EL ARTIGUISMO

Por Federico Ibarguren

Independencia - República – Federación ¡La hermandad rioplatense soñada por Artigas!

El artiguismo aportaba a la acción política, según se ha dicho, el concurso de grandes masas humanas fanatizadas y enroladas por un caudillo decidido a todo. Fue el maduro ex-capitán de Blandengues quien, en este orden de ideas, aglutinó poblaciones enteras en pos de una voluntad revolucionaria de hermandad frente al exterior y de autodeterminación en lo interno. No sólo por oposición a un régimen (el español en vigor) decadente y anárquico que desvirtuaba nuestra convivencia, sino también contra la amenaza de invasión extranjera, atenta siempre a fomentar rivalidades y rencores entre vecinos para empequeñecerlos y dominarlos con más facilidad.  Estos peligros nos amenazaban concretamente desde dos direcciones o centros de irradiación: el continental propiamente dicho (Brasil), y el extracontinental (Estados europeos). 

En ocasión de abandonar Artigas el sitio de Montevideo, emigrando con su pueblo al Ayuí (donde estableció su campamento como un Moisés del siglo XIX), se vio en el Río de la Plata un espectáculo de heroísmo y resolución colectivos que no tenía paralelo en hispanoamérica.

Los epígonos porteños de Sobremonte habían transigido —el 20 de octubre de 1811— con la írrita autoridad del virrey Elío, Y la respuesta de la multitud victoriosa y así sojuzgada de pronto por presión de los intereses británicos, fue unánime: ¡autodeterminación o muerte!  Es con Artigas que se cumple, pues, la verdadera emancipación política y social de estos pueblos ubicados al sur de Río Grande. Con Artigas en el Este y con San Martín en el Oeste. Sin ellos, el 25 de Mayo de 1810 habría quedado en episodio intrascendente y desgraciado luego de la vuelta del rey Femando.

 El encumbramiento de otro jefe popular, igualmente obedecido (don Juan Manuel de Rosas), hará posible más tarde la reestructuración, desde Buenos Aires, de la secular heredad, rota años atrás por la ceguera de las “élites” criollas. 

Y bien ¿cómo fue posible —nos preguntamos ahora nosotros— el milagro (en plena crisis y sin ayuda forastera) de hacer frente “con palos, con las uñas y con los dientes”, según la frase de Artigas, a la defección de unos elencos gobernantes que habían renunciado a la Independencia, cansados de fracasos y de derrotas? Cierto que era muy seria la situación en aquél ambiente de derrotismo psicológico y moral reinante en 1814. Femando VII, lleno de prepotencia inferior, acababa de recuperar el trono español, acéfalo luego de la evacuación bonapartista. Los directoriales porteños, aterrados en el ínterin, suplicaban de Inglaterra la media palabra para volver a someterse, siempre a la rastra de los sucesos europeos, a otro monarca títere que se buscaba, desde luego, con el apoyo de la Santa Alianza. En tanto Artigas, digno émulo de Hernán Cortés y de Francisco Pizarro, proclamaba el deber de resistir hasta la muerte, alzando intransigente la bandera tricolor (la popular bandera), símbolo de sacrificio, fraternidad y autodeterminación, en las ciudades y llanuras de Entre Ríos, Corrientes, Santa Fe y Córdoba y en el corazón de la selva misionera. Le estaba dando así, el jefe de los orientales, la razón a San Martín, el brillante oficial de caballería de Buenos Aires, toda vez que operaba, en la emergencia, bajo el mismo lema revolucionario del fundador de la Lautaro: Independencia y Constitución.

 Ahora bien, el “protectorado” del prócer en nuestras provincias ribereñas del Paraná y Uruguay, no tuvo en ningún momento la finalidad separatista que le atribuyen sus detractores. No fue Artigas el enemigo arbitrario de la Unión; ni mucho menos un vulgar bandolero, fomentador de la anarquía argentina, según lo sentencia Vicente Fidel López. Tampoco es cierto que hiciera fracasar, por ambiciones inconfesables —como lo ha fallado Mitre—, el sueño de Independencia proclamado por los congresales de Tucumán y jurado por el Directorio porteño. ¡Qué esperanzas! La historia nos prueba, precisamente, todo lo contrario.  Artigas oponíase —eso sí— a la homogeneidad racionalista e inhumana, perseguida por las logias en estas tierras. Combatió con todas sus fuerzas, los avances avasalladores del régimen metropolitano, implantado primero en Francia y más tarde en España por los Borbones, bajo el rótulo de “despotismo ilustrado”, lo que llamaríamos en nuestros días “mutatis mutandis”, un Super-Estado Continental regulado, pero a contrapelo de los pueblos.

Y bien, Buenos Aires habíase transformado a partir de 1813 —a las órdenes de una camarilla apoyada por Gran Bretaña desde Río de Janeiro—, en una sucursal vergonzante de aquél Super-Estado regulado (con carácter de factoría) cuya orientación efectiva estaba en manos de la Santa Alianza. Por ello Artigas fue un decidido republicano; pero sin liturgias liberales perturbadoras, y atento siempre al rumbo que iban tomando los hechos en Hispanoamérica.

La monarquía, en el instante lleno de posibilidades porque atravesábamos, representaba para las masas el dócil acatamiento a la media palabra de los vencedores de Napoleón, el cúmplase resignado de los dictados foráneos del Congreso de Viena. Y tal cosa resultaba suicida, por ser contraria a la autodeterminación real perseguida por los rioplatenses, después del triunfo de Las Piedras. “Es cómodo para los directoriales haber desarrollado la política de la cobardía, de la indignidad y de la traición, y escribir después la historia de la calumnia —señala, en página notable como todas las suyas, el historiador Carlos Pereyra—. Para el criterio directorial, la anarquía es del pueblo y sale de abajo, como la fetidez de un pantano. La gente decente está obligada ante todo a defenderse de la canalla, pactando con el extranjero. Ahora bien, esto es no sólo infame, sino falso y absurdo. La anarquía no es producto popular. La anarquía es siempre una falta o un crimen de los directores. ¿Quiénes eran los caudillos y qué representaban? —añade Pereyra—. Entendámonos al hablar de caudillos, y no permitamos una confusión de mala fe. Los caudillos fuertes y primitivos —no los derivados perversos, pequeños y estúpidos que vienen después —, los caudillos hacen frente al enemigo mientras la sabiduría de las clases elevadas capitula miserablemente. ¿Quién salva a Buenos Aires? Güemes, mientras Buenos Aires, paga negociadores llenos de torpeza y abyección en Europa y Río de Janeiro. Salta arroja a los soldados del virrey mientras Rivadavia recibe en Europa, un puntapié de Femando VII. ¿Quién impide que el Río de la Plata se pierda y quede señoreado por un enemigo? Artigas. Sin embargo. Artigas es un criminal. ¡Un criminal porque no trata con los portugueses! Un criminal porque el instinto y el sentimiento le indican el camino de la organización que ha de realizar la historia. Para que Artigas pudiera ser considerado como un criminal se necesitaría que los “hombres de la civilización” hubieran intentado previamente utilizar la fuerza explosiva de la gente de los campos, comprendiendo que esa tenacidad indomable representa un factor del que no podían prescindir los gobernantes. Sí éstos se hubiesen dado cuenta que toda política debía fundarse en la afirmación positiva de la Independencia, y que la Independencia requería un ejército numeroso, bastante para hacer frente a todos los enemigos, en todos los territorios amenazados, bajo una dirección común —termina el pensador mejicano—, Artigas habría tenido que ser un general del ejército regular [y no un San Martín declarado bandolero], y San Martín habría sido el generalísimo de ese mismo ejército [y no un Artigas de gran estilo que expedicionaba en el Pacífico], mientras Artigas defendía el territorio de Misiones, cuna de San Martín, la diplomacia de Buenos Aires se hallaba dispuesta a tratar con todos los enemigos y a inutilizar el esfuerzo de todos sus defensores considerando como delincuencia el patriotismo”.

Y es que las huestes federales seguían entendiendo el patriotismo como un llamado de la “tierra de los padres”. Permanecían fieles al concepto clásico y tradicionalista de cosa recibida en herencia; de legado acrecentado por las generaciones con independencia de toda abstracción política o institucional que desdibujara su entrañable realidad. La minoría directorial urbana, de espaldas a la tierra, confundía el patriotismo con el esplendor de unas recetas aprendidas sobre “formas de gobierno” o “libertades mercantiles”, más o menos bien pergeñadas por la filosofía liberal, inteligible apenas para una “élite” de egresados de Chuquisaca.

Para Artigas, cada provincia —en el concierto confederativo de su sistema— no representaba un ente aislado, sinónimo de individualismo; sino más bien la unidad menor en el conjunto de una patria común organizada desde abajo. Para los epígonos de Sarratea, Rivadavia y Alvear, lo único importante seguía siendo el puerto y sus intereses, que era necesario centralizar desde arriba, pues la riqueza y las teorías de moda —equivalentes, según ellos, a la “civilización”— entraban, en definitiva, por allí, vía atlántica, procedentes de Europa.

El Protector de los Pueblos Libres había luchado por la integridad territorial del Río de la Plata, tal cual existió durante el virreinato, pero con un agregado nuevo: el respeto a las autonomías locales. Sus enemigos de Buenos Aires ¿no pelearon en verdad, por todo lo contrario? Así lo afirman, unánimemente y con razón, reputados estudiosos de la vecina orilla: todos ellos compatriotas del prócer cisplatino. Eduardo Acevedo escribe, por ejemplo, lo siguiente: “Una sola cosa no hizo Artigas: estimular entre sus compatriotas la idea de segregarse de las Provincias Unidas para organizar una república independiente... Artigas, que era una gran cabeza, a la par que una gran voluntad, quería una patria amplia y poderosa, compuesta de todos los pueblos del Río de la Plata”. Y Juan Zorrilla de San Martín anota, a su vez: “¡Reconocimiento de la Independencia de la Banda Oriental!... Eso, como lo veis, y como lo veréis más claro después, tiene todo el carácter de un sarcasmo. Esa independencia de sus hermanos (ofrecida por Alvear y Alvarez Thomas a Artigas) no es tal independencia para la Banda Oriental, es su abandono en ese momento; la soledad de que antes os he hablado como contraria a la esencia misma de la Revolución americana (y por eso fue rechazada de plano por el jefe de los orientales). Artigas no sabía en ese momento, a ciencia cierta, que el Directorio de Buenos Aires (el verdadero precursor del separatismo) estaba concertando en Río de Janeiro, la entrega de la Provincia Oriental a Portugal; pero lo presentía”. Por fin, otro prestigioso historiador uruguayo, Hugo Barbagelata, se expresa así refiriéndose a la política entreguista de nuestros directoriales: “Fueron esos mismos pordioseros de vástagos reales quienes ofrecieron al vencedor [Artigas] como mendrugo, para que se quedara tranquilo, la independencia de la Provincia Oriental, su patria. Parecían ignorar que el título de Protector de los pueblos libres, bastaba y sobraba para quien sólo quería la paz y la Unión Federativa de todas las provincias del ex-virreinato del Río de la Plata”. Y a mayor abundamiento, un investigador contemporáneo — Daniel Hammerly Dupuy— en su interesantísimo y documentado libro, «San Martín y Artigas», consigna en este orden de ideas: “Los que, desconociendo el verdadero sentido de la ideología artiguista, inculpan a Artigas de una actitud separatista irreductible olvidan que fue el prócer que más se interesó en persuadir al Paraguay para que se incorporara a las Provincias Unidas, a tal extremo que los paraguayos llegaron a considerarlo como agente de Buenos Aires. La separación de la Banda Oriental como país totalmente independiente tampoco fue la obra de Artigas siendo que el prócer cuyo concepto de la Patria abarcara todo el territorio del Virreinato del Río de la Plata, fomentó la incorporación de esa provincia a las demás como una de las tantas que formarían una gran República Federal”. Y es que la vieja hermandad histórica en torno a la cuenca fluvial que nos une, obstaculizada, hoy como ayer, por la presión y la intriga anglosajona, contó entre los uruguayos de la otra Banda con grandes partidarios en el siglo pasado. Y acaso continúa habiéndolos también en el presente.

Los auténticos orientales de la gesta emancipadora —aún los de la leyenda antiargentina— la quisieron, como hemos visto, contra la propia tendencia desaprensiva (en el mejor de los casos) de nuestros gobiernos liberales.   Unión tradicional y fe católica. La tradición de un pueblo vivo no es cosa de archivos. Actúa en las entrañas, imperceptiblemente a veces, como la sangre que va irrigando las vísceras de un organismo en estado de salud. Desconocida y aún falsificada por pedagogos o gobernantes, la tradición sin embargo se resiste a ser enterrada como una momia en el sarcófago de sus aburridas rutinas. Ella responde siempre a necesidades reales de los pueblos y está, en cualquier caso, por sobre las ideologías y sistemas con que pretenden suplantarla los teóricos de la política, o los testaferros —nada teóricos, por lo demás—de la hegemonía económica mundial por ellos perseguida. Por eso, apremiados más que nunca por el hecho concreto y por la humana libertad que lo determina, hemos de volver a juntarnos en día no lejano —a pesar de las defecciones de ayer y de las inercias de hoy—, argentinos, uruguayos, paraguayos y bolivianos. Nuestros intereses regionales nada tienen que ver con el panamericanismo al servicio de Washington, ni con los regímenes de esclavitud forzada propuestos por el mesiánico cesarismo de Moscú. Sin antifaces exóticos habremos de reconocernos al fin de la larga jornada, en el claro espejo del propio pasado de cada pueblo al que pertenecemos. Porque la hermandad rioplatense soñada por Artigas y ensayada por Rosas, no es convencional, ni artificial, ni utilitaria; sino que es sencillamente histórica. 

Y bien, José Gervasio Artigas, refugiado en el Paraguay después de Tacuarembó, vernáculo precursor del Federalismo —en cuyo ejemplo habría de inspirarse don Juan Manuel—, tenía 86 años cuando entregó su alma a Dios, en la tarde del 23 de septiembre de 1850. El mejor de sus apologistas, el más talentoso de sus biógrafos, don Juan Zorrilla de San Martín, nos relata con palabra veraz y emocionada los últimos momentos del anciano, tomados de la versión directa de un testigo presencial, relato éste que hace varias décadas le dejara escrito el Obispo en Asunción, Monseñor Fogarín. He aquí, en escueto resumen, la transcripción de que hago referencia: “Cuando la enfermedad de Artigas se agravó, manifestó deseos de recibir los últimos sacramentos... En los momentos en que el sacerdote iba a administrarle el Santo Viático, Artigas quiso levantarse. La encargada del aderezo del Altar le dijo que su estado de debilidad le permitía recibir la comunión en la cama a lo que el General respondió: «Quiero levantarme para recibir a Su Majestad». Y ayudado de los presentes, se levantó, y recibió la comunión, quedando los muchos circunstantes edificados de la piedad de aquel grande hombre... El General, después de recibir el Viático, había quedado tendido en su pequeño catre de tijera y lonjas de cuero; en la semi-obscuridad se distinguía el crucifijo colgado en la pared sobre su cabeza blanca, tan blanca como los lienzos del pequeño altar en que brillaban los dos cirios inmóviles... El silencio se prolongaba, el silencio de la enorme proximidad. Las respiraciones se contenían: las miradas estaban concentradas en aquella cara aguileña, no muerta todavía. Artigas, que tenía los ojos cerrados, los abrió de pronto desmesuradamente. Causaba espanto; parecía muy grande. Se incorporó, miró a su alrededor... ¿Y mi caballo?, gritó con voz fuerte e imperiosa. ¡Tráiganme mi caballo!... Y volvió a acostarse... Sus huesos, ya sin alma, quedaron tendidos a lo largo del catre”. Nosotros debemos estar unidos y dispuestos todos, solidarios con la historia común, a servir bajo la fraternal bandera de la Confederación Rioplatense, por cuya empresa tanto lucharon los verdaderos próceres de Mayo, ya fueran orientales o argentinos, en el pasado.

jueves, 23 de noviembre de 2017

LA REVOLUCION CONSERVADORA DEL NOVENTA

Por: Juan Pablo Oliver. 

Se ha cumplido un nuevo aniversario de la Revolución de Julio de 1890. Fue vencida, pero la crisis económica, junto con la política, provocó la renuncia del presidente Juárez Celman y la asunción del mando por el vice, Carlos Pellegrini.
Todavía viven personas que la han presenciado, lo cual no obsta para que ideólogos y publicistas, acomoden al servicio de su oportunismo político el significado sociológico de aquel movimiento, desvirtuando la realidad de los hechos históricos.
Si se les preguntara, por ejemplo: "Qué significado político y social tuvo el 90?”, posiblemente contestarían: "Fue una revolución liberal progresista de las nuevas fuerzas populares y europeas que surgían en el país, contra la antigua oligarquía conservadora". Y quizá alguno agregue, con primaria dialéctica marxista: "Fue la protesta, embrionaria y aún confusa, de las masas desposeídas, contra el régimen económico-feudal imperante".
El Noventa fue todo lo contrario. Fue un movimiento conceptualmente conservador –sin pueblo masa– provocado por las altas clases tradicionales porteñas contra el gobierno liberal, progresista y de hombres nuevos, que representaba Juárez Celman. En términos actuales, cabría tildar aquel movimiento, sin exageración, de reaccionario o cavernícola.

El Gobierno de Juárez Celman: Una Fiebre de Grandezas

Diez años antes, en 1880, el interior había triunfado, una vez más, en el campo de batalla, sobre la oligarquía pastoril porteña. La Provincia fue decapitada y su capital entregada a la Nación junto con el nuevo Presidente general Julio A. Roca, tucumano de Córdoba. Su gobierno coincidió con un excepcional período de acrecentamiento económico, intensificado durante el gobierno del cordobés Juárez Celman 1886-1890. El país se transformó: de la noche a la mañana se levantaron ciudades como La Plata; se construyeron enormes puertos; diques famosos en su época, como el San Roque; la "Gran Aldea" se convirtió en Metrópoli; se adquirieron escuadras enteras y se creó un ejército moderno. Todo fue hecho a lo grande. De una economía puramente pastoril nos convertimos en el granero del mundo y comenzamos una industrialización fabril que entonces auguraba un desenvolvimiento extraordinario.
De 1886 a 1889, se pasó de 400.000 hectáreas cultivadas a 3 millones, vale decir, que sólo en tres años la producción agrícola se elevó en un 750 %. El comercio exterior se duplicó e igual sucedió con la construcción de vías férreas. Se comprendieron empresas millonarias de las más variadas finalidades, que aún hoy estimaríamos inconcebible: alambres carriles mineros en Chilecito, extracción de hulla y elaboración de kerosene en Mendoza, costosísimas maquinarias e instalaciones para explotar el oro del Neuquén, recién conquistado al indio... En 1889 arribaron 300 mil nuevos inmigrantes, cantidad que sobrepasaba las alcanzadas por Norteamérica. El potencial del Banco de la Provincia asom­braba al mundo. El país contaba con crédito y con una moneda fuerte: por un peso papel se obtenía casi un equivalente legal de 1.6129 gramos de oro, lo cual aseguraba la baratura del con­sumo, mientras los salarios resultaban altos debido a la creciente demanda de mano de obra: así se explica aquella inmensa inmi­gración espontánea e inversión de capitales europeos, seguras ambas de obtener buenas redituaciones. Porque la República no contaba, a la verdad –salvo la naturaleza–, con los factores esenciales de una producción amplia; fue Europa quien suministraba el trabajo, el capital y el espíritu de empresa.
Todas aquellas fueron realidades tangibles, pero después muchas se derrumbaron. Si hubieran conseguido perpetuarse y, además, terminado las que estaban en vías de comenzar en 1889 –canales interprovinciales, compañías nacionales de navegación, 47 nuevas empresas de colonización y distribución de tierras, 38 mil nuevos kilómetros de vías férreas (300 % de las entonces existentes), trenes subterráneos para Buenos Aires, cuando apenas París los tenía proyectados, fábricas de locomotivas y máquinas agrícolas, etc. – ­es indudable que se hubiera cumplido la esperanza de sobrepasar en pocos años a los americanos del Norte, que abrigaba aquella generación eufórica y convencida del progreso vertiginoso e indefinido.
De ahí, quizá, aquella altanera actitud de "América para la Humanidad"… y no para los "americanos" (sic), lanzada como un reto al canciller estadounidense por el delegado y ministro de Relaciones argentino, Roque Sáenz Peña, en el Congreso Inter­nacional celebrado en Wáshington en 1889.
No era desde luego el gobierno quien producía todo aquel progreso material, pero supo correrle a la par con una política adecuada: ordenamiento y respeto jurídico; cumplimiento estricto de las obligaciones financieras; Tribunales de Justicia; garantía a los capitales invertidos; amplias posibilidades de ahorro a los trabajadores... Se cuidaba, en suma, a la gallina de los huevos de oro. Y ese liberalismo económico emparejó un extremo liberalismo espiritual, en su afán de conformar urgentemente la mentalidad y hábitos de la población a la transformación positivista de la República: proliferación de escuelas normales y mercantiles; enseñanza laica; expulsión violenta del Nuncio Papal y de los profesores católicos de la Universidad, en primer término a José Manuel Estrada; Registro Civil; matrimonio civil...
Las protestas de los católicos y de algunos espíritus cautos, recelosos de tanta euforia, caían en el vacío; nadie –ni pueblo, ni gobierno, ni pobres ni ricos– hacía caso de los "retardatarios".
Cualquiera sea nuestra filosofía o convicción íntima al respecto, los hechos, imposibles de tergiversar, demuestran que el período presidencial de Juárez Celman fue el más liberal y de mayor progreso económico que gozó la República en todo el curso de su historia, pese a errores y defectos, que los tuvo y muy graves.

La crisis

Se acercaba la renovación presidencial y el "Unicato" de Juárez Celman tenía asegurada la elección del sucesor, pues contaba con todas las situaciones provinciales (excepto Buenos Aires) y con holgada mayoría parlamentaria. También estaba a su favor lo que se denomina genéricamente "la opinión" o sentir dominante del país en un momento dado: los nuevos ricos y nuevos argentinos, los industriales y los inmigrantes, los masones, garibaldinos y fuerzas armadas, los situacionistas y hasta muchos opositores a quienes resultaba más fácil entenderse con Juárez que entre ellos mismos.
Saldría así ungido su candidato, el joven Ramón J. Cárcano, talentoso hijo de un inmigrante lombardo radicado en Córdoba. En cuanto al pueblo criollo humilde, no hacía mayor cuenta electoral y no había motivo para que prefiriera cualquier otro antes que a Juárez o a Cárcano. Pero, a fines de 1889, se revelaron síntomas de crisis. Dificultades producidas en los mercados financieros europeos, unidas a causas intrínsecas argentinas, provocaron el retractamiento del capital inmigratorio y del capital monetario y luego su repatriación. Hacía falta tiempo –o tino–, especialmente respecto del dinero, para aferrarlo y consubstanciarlo al país como capital productor propio; así dejó de funcionar el "deux ex máchina" propulsor de aquel progreso.
El gobierno trató de hacer frente a la situación con algunas medidas que solo le acarrearon la oposición de muchos que hasta entonces habían aplaudido y lucrado, y ahora temían perder lo adquirido. La crisis siguió su curso y se acentuaron las quiebras, la intranquilidad bancaria y la desvalorización del peso, con el consiguiente encarecimiento de la vida.

La Unión Cívica
Fue en tales circunstancias que la oposición comenzó a organizarse en una agrupación denominada UNION CIVICA DE LA JUVENTUD cuyos promotores e integrantes eran "miembros todos, de las principales familias de Buenos Aires y Provincias que siguen sus estudios en esta ciudad", según explica la obra "Origen, organización y tendencias de la Unión Cívica", editada en 1890 por ellos mismos y que constituye la mejor fuente y fundamento de lo que se expone a continuación. Agrega que esos apellidos tradicionales, y por serios, fueron objeto de befa por los periódicos oficialistas, "Sud América", cuyos elementos –"unos chusmas de malos antecedentes"– perturbaron, además, el acto público organizados por aquellos distinguidos jóvenes el 15 de Diciembre de 1889. Releyendo aquella nómina juvenil opositora, resulta indudable que pertenecía al más puro patriciado, a la clase superior o "elite" tradicional dirigente, pero cuyo patriotismo y desinterés era impropio de ser puesto en solfa.
Esos jóvenes fueron vinculados por los líderes católicos José Manuel Estrada y Goyena con hombres de mayor envergadura política, y surgió así la Unión Cívica, cuya dirección fue ofrecida al General Mitre, que no la aceptó. Entonces se constituyó un Comité Ejecutivo integrado por Leandro N. Alem, como Presidente; Bonifacio Lastra y Mariano Demaría, vicepresidente, y Manuel A. Ocampo, tesorero, todos porteños de cerrada mentalidad conser­vadora, denominaciones partidistas actuales aparte.
La simple lectura de los discursos, manifiestos, programas y crónicas periodísticas de ese movimiento, transcriptas en el volumen citado, demuestran la ausencia total, absoluta, de cualquier preocupación social o inquietud por el mejoramiento de la clase trabajadora o masa humilde criolla, o por cualquier reforma de tipo económico o institucional. Las críticas de carácter económico se limitaron a lamentar el descrédito en que había caído el país ante los capitalistas europeos y perjuicios que acarrearían a las fortunas privadas los despilfarros y desaciertos financieros del gobierno. No existió, tampoco, el menos programa constructivo.
Los ataques de la oposición se limitaron a una violenta crítica contra el "unicato" electoral y corrupción administrativa de "esa animosa oligarquía de advenedizos que ha deshonrado ante propios y extraños las instituciones de la República", según lo expresa el manifiesto revolucionario. Alem los apostrofaba: "Se ríen (los juariztas) de los derechos políticos, de las elevadas doctrinas, de los grandes ideales, befan a los líricos, a los retardatarios que vienen con sus disidencias de opinión a entorpecer el progreso del país". Navarro Viola les espeta: "Su Dios es el vientre".
El gobierno mantuvo la más completa libertad de expresión y solo contaba con dos periódicos favorables, sobre 34 que aparecían en la capital. Juárez Celman nunca se dignó contestar tales imputaciones, y es sabido que a su muerte no dejó mayores bienes y sus hijos vivieron de su trabajo. Esta salvedad no obsta para que fuera cierta la existencia de un clima de especulación y corruptela, incluso en las esferas gubernativas, fenómeno inseparable, en cualquier tiempo o país, de los períodos de enriquecimiento y de transformación social.
Aquél epíteto de "advenedizos", o sea de aventureros oscuros y foráneos sin mérito ni títulos, resultaba injusto aplicado a Juárez, quien contó entre sus colaboradores y partidarios con figuras brillantes e intelectuales de nota, pero resulta evidente que por parte de la oposición, la insistencia en ese calificativo traducía un prejuicio de clase. Se prodigó especialmente a Cárcano: “jovenzuelo advenedizo levantado de la nada... rodeado de una ralea de advenedizos ensoberbecidos”.
El poeta Carlos M. del Castillo satirizaba el origen y preocupa­ciones industriales de los hombres del gobierno:
                                   Que la gente que actúa en el tablero
                                   O salió de una gran carpintería
                                   O es oriunda de algún aserradero
                                   Y así como nosotros
                                   Somos gente de hueso y de levita
                                   Ellos también, los otros,
                                   Son gente de madera y de piolita.

Y todos suspirando por una revancha porteña del 80, clamaban contra "la irrupción del cordobesismo avaro".
Por otra parte, la crisis, el malestar, trajo un sentimiento de fastidio contra los extranjeros que habían embarcado al país en proyectos y deudas, cortando luego sus provisiones al surgir las dificultades; por reacción, apareció en la prensa y literatura opositora un espíritu xenófobo, de exaltado "chauvinismo" con múltiples brotes antisemitas y una nostalgia por volver al pasado, más pobre, pero económicamente más seguro.

La Revolución

La revolución se gestó en el estudio del doctor Del Valle, del que formaban parte los doctores Alem y Demaría; estos, con los doctores Miguel Goyena, Juan José Romero y Lucio V. López, constituyeron la Junta Organizadora de la Revolución, que debía ser esencialmente militar. Consiguieron la adhesión de dos coroneles con mando de tropa, varios oficiales de menor graduación y algunos jefes en disponibilidad: en total, contaron con la adhesión de la mayoría de la Armada y con mil hombres de tropa, sobre seis mil que constituía la guarnición, aparte de la policía.

L o s   F o n d o s


Los fondos necesarios, relativamente cuantiosos, fueron arbitrados por el tesorero de la Unión Cívica, don Manuel A. Campos, ex-presidente del Banco de la Provincia, quien obtuvo los principales aportes –además del suyo propio– de su cuñado, el banquero Heimendhal, (no así de su otro cuñado, Otto Bemberg) y de su padre, ex candidato derrotado a la presidencia como rival de Juárez Celman del banquero Ernesto Tornquist, en cuya casa se efectuaron varias reuniones al efecto: y de los señores Juan J. Romero, Leonardo Pereyra, Félix de Alzaga y Torcuato T. de Alvear; el doctor Carlos Zuberbühler aportó el resultado de una colecta que tomó a su cargo, y el doctor Miguel Goyena, el de un aporte innominado, que irónicamente se apuntó como el del "señor Juan", quizás por las iniciales.
El manifiesto revolucionario, redactado por el doctor Lucio V. López, declaraba que el gobierno que asumiría el Poder lo haría en forma transitoria y breve, al solo efecto de presidir la elección presidencial, de la que estarían excluidos sus miembros; quedó constituido así:
Presidente, doctor Leandro N. Alem, Vicepresidente, doctor Mariano Demara, Relaciones Exteriores, doctor Bonifacio Lastra, Interior, señor Juan E. Torrent. Hacienda, doctor Juan José Romero. Guerra, general Joaquín Viejobueno. Justicia, doctor Miguel Goyena.
Los planes para el futuro de la mayoría de los gestores de la revolución era propiciar la candidatura presidencial del doctor Aristóbulo del Valle, alma del movimiento, quien posiblemente por ello no integró el gobierno revolucionario. En caso de que su calidad de porteño ofreciera oposición en el interior, propug­narían la del senador Manuel D. Pízarro, Jefe del Partido Católico de Santa Fe y Córdoba, pese a su oposición a la acción revolucionaria, pero antítesis de su paisano Juárez Celman.

E l   2 6    d e    J u l i o

El 26 de Julio a la madrugada, se efectuó, exactamente, la concentración de fuerzas en el Parque de Artillería, actual Plaza Lavalle. Allí tomó la dirección militar el general Manuel J. Campos, quien en lugar de obrar rápidamente por sorpresa, tomando los objetivos tácticos previstos, permaneció inactivo, esperando, quizá, el pronunciamiento favorable del gobernador de Buenos Aires, Máximo Paz, que no lo hizo.
Se cuenta que, instado el general Campos a la acción por los doctores Demaría y L. V. López, contestó: "Ustedes son abogados y no les gustaría que un cliente les indicara el modo de dirigir un pleito: yo tengo la responsabilidad de este pleito; déjenme proceder". Lo dejaron, y el resultado fue que el vicepresidente, el "gringo" Pellegrini, abogado, montado en un petizo de carro lechero tomó el mando de las fuerzas del gobierno y sitió a los revolucionarios, a efecto de dar tiempo a que otro, "gringo", el general Levalle, ministro de Guerra, concentrase para el ataque a los regimientos fieles. Entre los revolucionarios cundió el desconcierto, y el coronel Mariano Espina, conocido por su crueldad con los indios, terminó por desacatar a la Junta, amenazando con fusilar al doctor Alem y apoderarse de la Casa de Gobierno por cuenta propia. Afortunadamente la tropa, que no sabía por qué ni por quien combatía, no le secundó.
La revolución fue sofocada, pero el malestar económico fue acentuándose y provocó al mes siguiente la renuncia del presidente Juárez Celman, coyuntura que, por cierto, no aventó la crisis.

Aquel mismo año, el doctor F. Barroetaveña, actor de la revolución, sintetizó su juicio sobre ella: "Sí, es triste, pero debemos confesarlo: el pueblo se alzó contra el gobierno del doctor Juárez Celman alistándose bajo la bandera reaccionaria de la Unión Cívica, menos por amor a la libertad, que por salvar sus intereses económicos, menos por defender sus derechos que por conservar sus propiedades".


Fuente: revista Revisión n° 18, Buenos Aires, Septiembre de 1965.

lunes, 23 de octubre de 2017

“LA NUEVA REPÚBLICA”, O LA LUCHA POR EL ORDEN

Rodolfo Irazusta
Los años 20 fueron un momento en el que parecía que el modelo político y económico liberal estaba en su mayor auge. La expansión de los EEUU -en el ámbito internacional-, la consolidación del régimen democrático argentino dentro de un contexto de orden durante la Presidencia de Alvear, parecían dar la razón a esta convicción. Sin embargo, el mundo había pasado por la Primera Guerra Mundial, y como consecuencia de la misma, la amenaza de la Revolución roja, triunfante en Rusia, se hacía sentir en las naciones de Occidente.  Como reacción ante dicho peligro había surgido en Italia el Fascismo, mostrando la posibilidad de que podía existir un “nuevo orden” que contuviera y encausara el caos revolucionario. Por otra parte, situaciones de revoluciones y guerras internas se daban en países como Portugal o México. En España, la crisis seguida al desastre del 98 condujo a la instauración de la Dictadura del General Primo de Rivera. Y en Francia, Nación que siempre fue muy tenida en cuenta por la intelectualidad argentina, se encontraba consolidada la Acción Francesa como una fuerza contrarrevolucionaria. Eran años preñados de cosas nuevas en el ámbito de la política. Es justamente en este contexto que el Nacionalismo argentino va a tener sus primeras manifestaciones a partir de la publicación de nuevos periódicos. Primero La Voz Nacional, de vida efímera, por iniciativa del médico entrerriano Juan Carulla;  luego, La Nueva República, Órgano del Nacionalismo Argentino -como se subtitulaba-, a partir del año 1927. Analizaremos a continuación cuál era la línea fundamental que poseía dicho periódico. Para eso, luego de presentar escuetamente al mismo -su origen, su director, su staff, sus colaboradores-, trataremos de indagar, a través del análisis de algunos de sus artículos y de las personalidades más relevantes del ámbito de la cultura que eran tomadas como referentes, qué principios eran defendidos desde sus páginas  .

EL PERIÓDICO

     El periódico La Nueva República se dio a conocer el 1° de diciembre del año 1927. El director del mismo fue Rodolfo Irazusta, encargado de la sección política. Los redactores habituales fueron Julio Irazusta -hermano de Rodolfo-, Ernesto Palacio y Juan Carulla. A éste último se debe que el periódico llevara por subtítulo Órgano del Nacionalismo Argentino.
     “Rodolfo Irazusta, con menos cultura libresca que sus compañeros, había sido formado por su padre para la acción, en la que intervino desde muy joven, tomando parte en la vida de comité, desde el retorno del radicalismo al comicio…Durante un viaje a Europa…cayó bajo el influjo de Maurras…
     Como escritor Rodolfo Irazusta fue el periodista nato…
     Ernesto Palacio..tenía acabada formación literaria, y siendo un admirable poeta, se atuvo a la prosa…Fue…el petit anarchiste que Maurras confesó haber sido en su extrema juventud…Entre los años 23 y 27 César Pico había hecho de Ernesto Palacio un católico ferviente y un hombre de orden…
     Julio Irazusta había sido omnívoro pero desordenado lector, hasta que fue a Europa en 1923…Antes de cesar su rechazo a Maurras, y de admirarlo, Julio Irazusta tenía formado el criterio político con que estudió los clásicos de la materia…
     En el segundo número del periódico aparece como editorialista…el Dr. Juan E. Carulla, médico entrerriano residente en Buenos Aires, procedente del anarquismo, a quien la guerra europea, en la que participó como profesional en el frente de Francia, lo hizo evolucionar. Allá volviose asiduo lector de la Acción Francesa.”[1]
El periódico contó además con colaboradores habituales, como César Pico -que tan importante actuación tuvo en la conversión de Palacio hacia la Fe y el Orden-, Alberto Ezcurra Medrano –uno de los precursores del Revisionismo histórico argentino-, y Tomás Casares –que tendría una destacada actuación en la Justicia-.
El periódico tiraba cuatro páginas quincenales, que además de analizar la situación política del momento propagaba sólidos principios doctrinales. Luego salió semanalmente, y durante algún tiempo llegó a ser diario. Entrados los años 30 desapareció y fue reemplazado por otros periódicos como Crisol Bandera Argentina. Sin embargo nadie podrá negarle el mérito de haber sido el primer gran difusor de los principios sobre los que se desarrollaría el Nacionalismo posterior.

LOS PROPÓSITOS DEL PERIÓDICO

La Argentina de la década del 20, en particular la del período alvearista, se caracterizó por la paz y la prosperidad creciente. En 1926 nuestro país había exportado once millones de toneladas de productos agropecuarios. “En medio de esta euforia, un grupo de jóvenes escritores procedentes de los más diversos sectores políticos, se reunía y conversaba acerca de una revista que sometiera aquella brillante apariencia al cernidor de una crítica rigurosa”[2]. El objetivo se concretó, como ya señalamos más arriba, el 1° de diciembre de 1927, cuando salía a la luz pública La Nueva República. Ese primer número era categórico, no dejaba ningún lugar a dudas: “La sociedad argentina pasa por una profunda crisis. La robustez del organismo hace que el mal se oculte….pero él existe y es profundo”[3].
Así se presentaba el nuevo periódico, en un editorial titulado “Nuestro Programa”. ¿Por qué hablar de crisis en un momento  en el que todo parecía marchar en forma exitosa? El mismo artículo trae la respuesta: la crisis que sacude a la sociedad argentina es de orden espiritual, y tiene su origen en las ideologías que se habían difundido en las décadas anteriores. “Cuarenta años de desorientación espiritual han producido en nuestras clases directivas, sobre todo universitarias, el más grande caos de doctrinas e ideologías”[4]. Las ideologías que enfermaban el organismo social eran aquéllas nacidas a partir de la Revolución Francesa. En el mismo número 1 Ernesto Palacio lo dejaba clarísimo en el artículo titulado en forma contundente “Organicemos la Contrarrevolución”“Tenemos a nuestras espaldas más de medio siglo de desorientación espiritual. Los sofismas del romanticismo y la revolución francesa, que emponzoñaron toda la actividad pensante de varias generaciones argentinas”[5].
El mito de la soberanía popular difundido por la Revolución había llevado al desconocimiento de las jerarquías: “Negación de la jerarquía sobrenatural de la Iglesia de Cristo; negación de la jerarquía natural del Estado. Predominio del arbitrio individual…”[6] Esta situación se veía agravada por la difusión de estos principios a través de la educación impartida en los ámbitos escolares y académicos, producto de la ley 1420 y de la Reforma Universitaria: “La escuela laica y el sectarismo de la enseñanza que se imparte en nuestros colegios y universidades, unidos a la prédica disolvente de los partidos avanzados y a la propaganda de la prensa populachera, contribuyen al mantenimiento de se estado de espíritu”. La demagogia a la que había contribuido la difusión de la democracia, y el “obrerismo bolchevizante”, producto de la influencia de la Revolución Rusa, también eran denunciados por Palacio.
Frente a los males enumerados correspondía recuperar el Orden. El artículo concluía poniendo el ejemplo de dos naciones que marchaban en esa senda: la España del General Primo de Rivera, y la Italia de Benito Mussolini.

PRINCIPIOS SOSTENIDOS POR EL PERIÓDICO

     Hemos dejado planteado el propósito claramente “restauracionista” que el periódico tenía. Los principios que lo animaban iban en esa línea. Presentaremos escuetamente algunos de los mismos sin pretender agotar el tema.
En primer lugar, y ya hemos hecho referencia a ello, el periódico dejaba en claro la necesidad de recuperar las jerarquías en el orden social. La demagogia reinante, reiteradamente denunciada, debía ser reemplazada por la excelencia. “Quince años de demagogia, han bastado para desquiciar todos los organismos del Estado”, sentenciaba el programa presentado en el número uno; “La jerarquía en las funciones del Estado”, se titulaba un artículo escrito por Rodolfo Irazusta en el mismo número.
Este análisis nos lleva a otro de los temas que aparece en los primeros números: la necesidad de distinguir entre el sistema republicano y la democracia. Frente a la exaltación de la “democracia” que siguió a la Ley Sáenz Peña, y que es impulsada a partir del triunfo del Radicalismo, pero que en realidad ya era parte del discurso circulante desde la imposición de la filosofía liberal con la sanción de la Constitución de 1853, los “neorrepublicanos”, se dedican a distinguir “república”, entendida como un sistema orgánico sustentado en Instituciones, de la “democracia”, con toda la carga de plebeyismo e inorganicidad que dicho régimen supone. En este sentido, se preocuparon de demostrar que en realidad la Constitución de 1853 en ningún momento hace referencia al sistema democrático[7]. En el número 12 del periódico se señalaba que “en los ciento y tantos artículos de la constitución del 53, ni una sola vez se habla de la democracia…Esto se debe a que sus autores, algunos de ellos muy cultos, conocían los clásicos políticos y sabían el verdadero significado de los vocablos. Sabían que la Democracia era el desorden, la crisis de las repúblicas y de las monarquías y no un sistema de gobierno y tenían fresco el recuerdo de los horrendos crímenes que el desborde del Demos había producido en Francia en el año 93”. Es claro que la crítica se dirige más a las consecuencias de la Ley Sáenz Peña, que hizo efectiva la democracia –y su consecuencia la demagogia-, que al texto mismo de la Constitución. Esta primera generación nacionalista, que tenía clarísimos los principios fundamentales, todavía no había desarrollado una postura profundamente crítica acerca del texto de la Constitución, y del espíritu que la animaba: esto es, el Liberalismo sobre el que la misma se sustenta, causa directa de la irrupción democrática. Nos dice al respecto Antonio Caponnetto: “Era a ésta (la ley Sáenz Peña) y no a la Ley del ’53 a la que atacaban los primeros revisionistas, puestos a hacer política…”[8]
En el número 13, del 5 de mayo de 1928,  se vuelve a remarcar la diferencia entre el sistema republicano proclamado por la Constitución y la democracia: “Este espíritu republicano ha sido desvirtuado por el partido democrático que nos gobierna desde hace veinte años…La democracia ha podido hasta ahora con el régimen autonómico y con el principio de autoridad, y quizá emprenda de aquí a poco decididos ataques contra el régimen de la propiedad y la familia”. La crítica a la democracia va intrínsecamente unida a la condena del sufragio universal. No sólo porque permite el triunfo de lo más bajo, sino porque detrás de la propaganda electoral que dicho método de elección exige, opera en forma oculta una “plutocracia” que busca obtener sus propios beneficios: “Se sabe…que en Francia se opera subterráneamente, al mismo tiempo que la propaganda eleccionaria, una batalla de grupos industriales, de concesionarios de Estado, de compañías coloniales…Ningún régimen es tan caro como el democrático”.[9]
Digamos finalmente, para cerrar este tema, que La Nueva República mostró con claridad la enemistad del Nacionalismo con la Democracia: “La democracia es el reino de la impostura…triunfa el que miente mejor…EL nacionalismo persigue el bien de la nación, de la colectividad humana organizada; considera que existe una subordinación necesaria de los intereses individuales, al interés de dicha colectividad…Los movimientos nacionalistas actuales se manifiestan en todos los países como la restauración de los principios políticos tradicionales, de la idea clásica del gobierno, en oposición al doctrinarismo democrático…Frente a los mitos disolventes de los demagogos erige las verdades fundamentales que son la vida y la grandeza de las naciones: orden, autoridad, jerarquía”.[10]
     La crítica a la Democracia lleva a los miembros de la Nueva República a abrevar en las fuentes clásicas, donde redescubren el valor de la “forma mixta” de Gobierno. Bajo el título “La forma mixta de gobierno”, escribía Rodolfo Irazusta en el número 5 del periódico: “Todos los gobiernos son monárquicos, aristocráticos y democráticos al mismo tiempo…Platón, Aristóteles, Santo Tomás de Aquino, Maquiavelo, Vico, Rivarol reconocen como la mejor forma de gobierno a aquella que  concilie los anhelos de libertad con las exigencias de la autoridad. La aparición de los ideólogos con sus constituciones escritas provocó el olvido del orden tradicional que se había establecido espontáneamente”. Esta defensa del régimen mixto lo lleva a condenar a la Democracia moderna: “La democracia sistemática que conocemos, es lo más absurdo que hay, es el pecado contra el espíritu”.
La referencia al “pecado” que representa la Democracia nos lleva a otro punto importante en el pensamiento del grupo, y es la relación que establecen entre política y moral. En un artículo firmado por Tomás Casares se afirma: “el Estado no legisla, organiza ni manda en vista de la felicidad inmediata de los súbditos. Legisla, organiza y manda para disponer el ambiente social en que cada súbdito halle la posibilidad y aun véase constreñido a realizar un destino que no es fruto de su arbitraria elección individual, sino que le es propuesto y moralmente impuesto por una ley superior a todo humano arbitrio[11]”.
La concepción moral planteada por Casares remitía a un principio teológico al que el jurista se remitía explícitamente: la Ley de Dios. Esto lleva a analizar qué concepto tenían estos hombres acerca de la relación entre el Estado y la Iglesia. Aquí también se mostraron en profundo desacuerdo con el Liberalismo establecido: “El Estado vive en una sociedad y su religión no puede ser otra que la de la sociedad. Tal es el caso del Estado argentino cuya religión no puede ser otra que la de la sociedad argentina. La sociedad argentina es católica desde su nacimiento”.[12]
    La profunda crítica al Liberalismo, a la Democracia y a la Demagogia, llevó a iniciar una revisión del relato del pasado argentino construido a partir de Mitre. Lo que para éste eran valores identificados con la Nacionalidad, para los miembros de La Nueva República eran antivalores, y era falso identificar a la Nación con los mismos. Es en esta perspectiva que en el número 16 se cuestiona el relato clásico sobre la Revolución de Mayo. Ésta no tenía nada que ver, para los “neorrepublicanos”, ni con la Revolución Francesa, ni con la Democracia, ni el Liberalismo. Por supuesto que había que esperar hasta los años 30 para que se inicie un movimiento de revisión a fondo, pero era un primer paso.

AUTORES CITADOS

Otra perspectiva desde la cual abordar la postura del periódico es analizar a los pensadores y autores citados y comentados en sus páginas. Cuando optamos por este método se refuerza la constatación de la postura claramente contrarrevolucionaria del periódico. Aparecen Joseh de Maistre, Chesterton, Donoso Cortés, León XIII….
Como muestra basta un botón. Terminábamos el apartado anterior refiriéndonos a la crítica a la Revolución Francesa, de la cual se quería separar a nuestra Revolución de Mayo. Oponerse a los efectos de la Revolución Francesa es el núcleo central de una postura contrarrevolucionaria. Justamente en el número del 26 de mayo de 1928 Juan Carulla comentaba el libro de Pierre Gaxotte sobre La Revolución Francesa:
“…la revolución francesa ha sido y es nefasta…Todas las fallas de nuestra organización política y de nuestra cultura tiene su origen en ese comienzo…Las generaciones han venido recibiendo una cultura superficial y equivocada en sus fines. Su resultado se llama democracia absoluta…Extinguida la generación de la Independencia…se estableció el predominio de los secuaces de Rousseau…
   Gaxotte….(ha mostrado) que la leyenda heroica de la Revolución Francesa es una fantasía teatral, que oculta un fondo de lodo y de sangre…
…La Revolución Francesa no difiere en nada de las demás revoluciones que ha conocido la historia. Mentira que haya contribuido al progreso de los pueblos. Mentira que haya mejorado la situación económica de la clase obrera. Mentira que haya suprimido las guerras…La Revolución…lo único que consiguió realmente, (es) matar, masacrar y mutilar a 20.000.000 de hombres, destruir las jerarquías naturales indispensables para los pueblos e inficionar el mundo de absurdas doctrinas que aún siguen haciendo estragos.”

CONCLUSIÓN

Al analizar esta primera expresión del Nacionalismo Argentino que fue el periódico La Nueva República emerge con claridad que el mismo significó una reacción contundente contra la Democracia, el Liberalismo y la Izquierda revolucionaria. El Nacionalismo significó por tanto, en la historia de nuestra Patria, la primera y principal fuerza reaccionaria y contrarrevolucionaria del siglo XX . Lo que vino después, sobre todo a partir de los años 50, 60 y 70 –el llamado “nacionalismo de izquierda”- no es más que lo radicalmente opuesto, una deformación monstruosa de lo que el auténtico Nacionalismo fue en sus orígenes.


                                                                                  Lic. JAVIER RUFFINO


Notas:
[1] Irazusta, Julio. El Pensamiento político nacionalista. De Alvear a Yrigoyen, 15-18
[2]Ibídem2.
[3] La Nueva República. Año I. N° 1. Dic. 1 de 1927.
[4] Íbidem.
[5] Íbidem.
[6] Íbidem.
[7] Esto es obra del Pacto de Olivos de 1994, consagrándose el culto a la nueva “deidad” difundido a partir del Alfonsinismo.
[8] Caponnetto, Antonio. Los críticos del revisionismo histórico. T. I, 74.
[9] La Nueva República. Año I. N° 11.
[10] La Nueva República. Año I. N° 13.
[11] La Nueva República. Año I. N° 4.
[12] La Nueva República. Año I. N° 12.